sábado, 20 de julio de 2013

El caso de Mary Bell ¿Realmente culpable?

Todo lo que importa es mentir bien. 
Mary Flora Bell nació el 26 de mayo de 1957 en Newcastle, Inglaterra. Fue una niña maltratada desde su salida del vientre materno. Al nacer, Betty, su madre la alejo de sí con asco y repudio gritando: “alejen esa cosa de mí”; Betty tenía apenas dieciséis años. Nunca se supo quién fue el padre biológico de Mary; su padrastro era Billy Bell, un ladrón que insistía en que sus hijos lo llamaran “tío” para poder cobrar las pensiones del gobierno. La madre de Mary intentó matar a su hija varias veces, fingiendo que la niña sufría “accidentes”. Después se convirtió en prostituta y gustaba de utilizar a Mary para satisfacer los deseos desus clientes.
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Mary era una niña muy hermosa; parecía una muñeca, aunque siempre hubo algo andrógino en sus facciones. Desde los cinco años su madre la hacía participar en juegos sexuales con otros niños y a los ocho años la vendió a un cliente para que la desflorara. Luego la usaba para ofrecerla a cliente pedófilos. Mary declararía a la policía que su madre la sujetaba, desnuda, mientras los hombres que pagaban por ella le introducían el pene en la boca, hasta eyacular. Según su testimonio, siempre terminaba vomitando el semen. Así creció Mary, en medio de una familia enferma y disfuncional.
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Durante ese tiempo, gozaba maltratando y torturando animales, como perros y gatos. El 25 de mayo de 1968, un día antes del cumpleaños número 11 de Mary, ocurrió una tragedia. Martin Brown, un pequeño niño que era vecino de las Bell, murió. Aunque la prensa dijo que se había caído mientras jugaba, lo cierto era que Martín había muerto estrangulado y que tenía varios golpes y una contusión sangrante en la cabeza.

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                                                       Martin brown
La autora había sido la niña. Mary lo había empujado y como todavía estaba consciente, decidió estrangularlo.

Después del asesinato, Mary y su amiga Norma irrumpieron en una guardería en Scotswood, destrozando el lugar y dejando una nota responsabilizándose del asesinato de Martin Brown. La Policía de Newcastle desestimó este incidente diciendo que era sólo una broma.

Nota dejada por Norma y Mary
Nota dejada por Norma y Mary


El 31 de julio, un niño de tres años llamado Brian Howe desapareció. Al ver pasar a Pat, la hermana de diez años del chico, Mary le preguntó: “¿Estas buscando a Brian?” Ella respondió: “Sí, ya debería estar en casa”. Poco después, el niño fue hallado muerto y mutilado cerca de una construcción. Tenía una letra “M” dibujada en el abdomen con cortes de navaja. Con unas tijeras habían cortado mechones de su cabello y habían cercenado sus genitales. A juzgar por los cortes parecía que se trataba de un juego ritual, por lo que la policía pensó inmediatamente en un niño o un adolescente.

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                                                       Brian howe
La familia de Brian dijo que sospechaban de Mary Bell y su mejor amiga, Norma, pues las dos niñas los habían estado acosando preguntándoles si extrañaban a Brian, si lo querían, incluso en tono de burla. La policía arrestó a las niñas en agosto. Tras interrogarlas, supieron que Mary Bell había matado a Brian. Lo había estrangulado, lo había herido con unas tijeras para pasto y después le había impreso su marca. Primero dibujó una letra “N” (la inicial de Norma), pero después corrigió y la transformó en “M”.
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Arrestada también, el relato de su amiga Norma concluyó que Mary había actuado sola y que después de matar al niño había llamado a Norma para mostrarle su obra. Norma fue absuelta de todos los cargos. Mary declaraba haber disfrutado ambos asesinatos. Esto se mostró también cuando la policía encontró sus diarios, donde describía todo con lujo de detalles.

Una página del diario
Una página del diario
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Tras ser examinada por los psiquiatras, fue declarada psicópata, encerrada en prisión y condenada en diciembre de 1968 por el cargo de asesinato en segundo grado. Los periódicos la bautizaron como “La Niña Asesina”.Tras ser examinada por los psiquiatras, fue declarada psicópata, encerrada en prisión y condenada en diciembre de 1968 por el cargo de asesinato en segundo grado. Los periódicos la bautizaron como “La Niña Asesina”.

Titulares
                                                      Titulares


Mary obtuvo otra vez los titulares cuando en septiembre de 1979 escapó brevemente de la custodia de la prisión. Mary Bell salió en libertad en 1980, doce años después de su condena, a los 23 años. Una vez fuera de la cárcel, se le dio una nueva identidad. Conoció a un joven que la dejó embarazada. Abortó a su primer hijo.
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Mary se convirtió en madre en 1984. Lo insólito fue que de infanticida, se transformó en una madre cariñosa y llena de atenciones hacia su bebe. Tiempo después, conoció a otro hombre con el que se casó y formó un hogar.
Sin embargo, y pese a la rehabilitación y nueva identidad de Mary Bell, la sociedad no olvidó su atroz historia y los periódicos siempre descubrían donde estaba. Nadie quería a Mary Bell cerca. Pasó su vida huyendo y escondiéndose, fingiendo ser otra persona hasta que alguien la identificaba y tenía que volver a marcharse. El estigma de sus crímenes la perseguiría siempre.
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Mary con 35 años
                                                   Mary con 35 años

El 21 de mayo de 2003, Mary Bell obtuvo la victoria en la Corte, para mantener su anonimato y el de su hija por el resto de sus vidas. Pero los investigadores privados, contratados por la familia de Martin Brown, siguieron rastreándola. Tuvo que vivir escondida con el temor de que, a donde fuera, alguien podría identificar en ella a la “Niña Asesina”.



Ted Bundy

Ted Bundy era un hombre inteligente y atractivo, un seductor irresistible. Cada mes recibía cientos de cartas de amor repletas de piropos, proposiciones indecentes y besos pintados con carmín sobre el papel. Ese envidiable correo le era remitido a la prisión de Starke, en Florida, donde permaneció recluido hasta que el 24 de enero de 1989 fue ejecutado en la silla eléctrica. Era su castigo por haber matado sádicamente a más de 30 bellas muchachas.
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Acaso el asesino en serie más famoso de la historia, Bundy ejercía sobre el público una fascinación casi obscena. La audiencia devoraba con glotonería cada una de sus palabras. Esperaban resolver el enigma de por qué un WASP arquetípico había elegido trazar semejante laberinto de sangre.
Porque Bundy, nacido en 1946 y antiguo boy scout, no encajaba en el perfil macabro del psicópata. Licenciado Psicología, se había involucrado en política y se le consideraba como una joven promesa del Partido Republicano. Bundy era además un ‘gentilhomme charmant’, un joven guapo y jovial con facilidad de palabra. Aquella máscara escondía a un monstruo despiadado.
Para cometer sus crímenes, Bundy apelaba a la bondad de sus víctimas. Paseaba por los campus universitarios con muletas o con el brazo en cabestrillo, y dejaba que sus libros se cayeran al suelo a la vista de alguna chica. Ellas no podían negarle ayuda a un sujeto que inspiraba confianza y ternura, y le acompañaban hasta su coche. Entonces Bundy las golpeaba con una palanca e iniciaba la pesadilla.
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Más de una treintena de brutales crímenes
Las autoridades policiales jamás pudieron determinar el número exacto de mujeres que sucumbieron a las atrocidades de Bundy en los 70. Ese secreto se lo llevó a la tumba, aunque confesó cerca de treinta asesinatos, siempre de mujeres con larga melena peinada con raya al medio. Ese era el ‘look’ de Stephanie Brooks, el primer amor de un Bundy con el que que rompería tras un año de relación.
Los expedientes de aquellos casos evidenciaban escabrosas violaciones, descuartizamientos y prácticas necrófilas. Cuando todavía vivía en Washington, Bundy se deshacía de los cadáveres en los frondosos bosques a las afueras de Seattle. Sin embargo, regresaba a la escena del crimen con frecuencia enfermiza. Pudo comprobarse que en ocasiones se llevaba a casa cabezas decapitadas para aplicarles maquillaje.
El ímpetu homicida de Bundy se cobraría víctimas no sólo en Washington, sino también en Oregón, Utah, Idaho, Colorado y Florida. Desafortunadamente, nadie era capaz de conectar los sucesos entre sí. Hasta que a Bundy le abandonó la suerte.
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Detención y fuga
En el verano de 1975, la policía lo detuvo por conducción errática. Registraron su vehículo y se encontraron con una cámara de los horrores en el maletero: esposas, pasamontañas, barras de hierro… Y unas facturas de gasolina que lo situaban en los lugares y las fechas en que numerosas chicas habían desaparecido.
Bundy fue encarcelado en Colorado en febrero de 1976. No obstante, dos meses más tarde logró escapar, saltando desde una altura de dos pisos a través de la biblioteca de la cárcel. Su huida duró seis días, pero en la víspera de Nochevieja volvió a fugarse, esta vez a través de los conductos del aire. Había adelgazado varios kilos para caber por el hueco.
Esa segundo evasión acarrearía consecuencias catastróficas. Bundy, presa prioritaria en la lista del FBI, cruzó el país hasta llegar a Florida, donde se dejó barba y cambió de nombre. Sólo dos semanas después de su fuga, entró en una residencia de estudiantes femenina y mató a dos jóvenes. Otras dos quedaron seriamente malheridas, y a menos de un kilómetro una quinta víctima fue atacada aquella noche. Sin embargo, el crimen que más conmocionó a la sociedad fue el de Kimberly Leach. La pequeña de 12 años fue brutalmente violada y asesinada.
La captura definitiva de Bundy fue nuevamente producto de la casualidad. Conducía un Volkswagen Beetle sin las luces puestas, y atrajo la atención de un agente que logró reducirlo y llevarlo al calabozo, para exasperación de Bundy. “Claro que me enfado”, comentaría en una entrevista televisiva, “Me enfado y me indigno. No me gusta que me encierren por algo que no he hecho. No me gusta que me arrebaten la libertad. No me gusta ser tratado como un animal. No me gusta que la gente me escudriñe como si fuese un bicho raro. Porque no lo soy”.
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                                                           Esperpento en el tribunal
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Bundy durante el juicio.
Muchos Estados solicitaron su extradición, pero el primer juicio tendría lugar en Florida. Bundy había despedido a sus abogados y obtuvo permiso para defenderse a sí mismo y protagonizar ante el tribunal un lamentable espectáculo ‘made in America’. Él mismo interrogaba a los testigos pidiendo que recordaran lo sucedido, y paladeaba con regocijo cada detalle de la experiencia revivida.
Quedó tan claro como nunca que Bundy era un perturbado. Pero su presencia, hipnótica y morbosa, atraía a decenas de ‘groupies’. El esperpento judicial alcanzó su cima cuando Bundy, aprovechando una vieja ley que permitía contraer matrimonio estando bajo juramento, se casó en plena sesión del tribunal con una admiradora llamada Carole Ann Boone. El fruto de las visitas conyugales (frecuentes hasta su separación en 1986) fue una hija que permanece actualmente en el más estricto anonimato.
Espeluznantes historias de amor aparte, Bundy fue condenado a muerte en 1980, una sentencia que su madre lamentaba: “Mi educación cristiana me dice que arrebatar la vida del prójimo es deleznable bajo cualquier circunstancia. Y no creo que el Estado de Florida esté por encima de las leyes de Dios”. Louise todavía confiaba en la inocencia de su hijo, que no le confesó la verdad hasta la noche antes de su ejecución.
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Bundy, tras ser ejecutado
Agonía prolongada
Bundy esquivaría la muerte durante casi nueve años, agotando todos los recursos judiciales e incluso manipulando a las autoridades. Cual Sherezade de vocación siniestra, ganaba tiempo ofreciendo a los investigadores datos de asesinatos jamás resueltos.
Su crédito negociador se agotó definitivamente el 24 de enero de 1989. Aquella mañana, cientos de personas se arremolinaban en el exterior de la prisión de Starke. Había un ambiente carnavalesco y de júbilo apenas disimulado a la espera de la ejecución de Bundy. Las pancartas rezaban lemas líricos tan inspirados como ‘Las rosas son rojas/ Las violetas azules/ Buenos días, Ted/ Te vamos a matar’.
Se filtraron informaciones de que Bundy empezó a tartamudear cuando vio la silla eléctrica. Él, siempre carismático y petulante, perdió su legendaria compostura cuando llegó su hora. En aquel instante, ni siquiera las cartas de amor que acumulaban polvo en su celda eran un consuelo. Era el momento de saldar deudas con sus viejos fantasmas.

Fuente:
http://tejiendoelmundo.wordpress.com 

Ted Bundy es una película rodada en 2002 del director y escritor Matthew Bright, basado en la vida del asesino.



“Yo soy el hombre del siglo. Nadie nunca me olvidará…”

Año 1948, Colombia. El político popular Liberal Jorge Eliecer Gaitan es asesinado y estalla una guerra civil en el país. Comienza un periodo de violencia que se extenderá a lo largo de la siguiente década y que se llevará consigo más de 200.000 víctimas.

“Era como una fiesta.

Pero después de un rato…  porque no podía moverse, me aburría y me iba en busca de chicas nuevas. “

En este ambiente violento, en el pequeño pueblo de Tolima,  llega al mundo en el año 1949 Pedro Alonso López. Hijo de una prostituta, Pedro es el séptimo de 13 hermanos y desde el principio, su infancia se antoja bastante difícil. Su madre tiene preocupaciones mayores que repartir amor y educación a sus innumerables hijos y su carácter, dominador y duro, hace que Pedro prefiera pasar la mayor parte del tiempo en las calles, de este modo, tampoco tiene que contemplar como su madre recibe a sus clientes en su propia casa.
Y las calles de Colombia en aquella década no eran precisamente la mejor escuela que se podía tener; el incremento del crimen con respecto al resto de países era cincuenta veces más alto que lo habitual en el resto del mundo.
Cuando Pedro tiene 8 años, su madre los sorprende intentando mantener relaciones sexuales con su hermana más joven y lo echa de casa. Así Pedro comienza a vagar sin rumbo fijo por las peligrosas calles, explorando lugares y barrios a los que nunca había llegado. A los pocos días de su exilio y engañado por un hombre viejo que le ofrece comida y cobijo, Pedro es sodomizado en varias ocasiones antes de ser devuelto a los oscuros callejones.

“Es como comer pollo. ¿Por qué comer pollo de edad cuando se puede tener el pollo joven? “
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No sería la última vez que fuera acosado por extraños en las aceras y lugares abandonados donde solía tumbarse a dormir y esto convierte al pequeño en un ser muy temeroso. Durante el día, se esconde donde nadie le pueda encontrar y tan solo sale de forma esporádica a buscar comida entre la basura.
Ha pasado ya un año desde que Pedro vaga por los suburbios de su ciudad y decide cambiar de aires. Sin rumbo declarado, acaba en la ciudad de Bogotá donde por un tiempo, cambiará su suerte. Un ciudadano americano se apiada de él y lo ampara en su familia. Pedro tiene casa, comida e incluso es escolarizado, pero el sino de Pedro no es la fortuna y pocos años después, cuando tiene 12 años, un maestro del colegio le agrede sexualmente de nuevo y los miedos retornan a él, roba dinero de la oficina del colegio y de nuevo, se lanza a las calles.
La guerra civil ya ha terminado y el país intenta reestructurarse, nuevas fábricas comienzan a abrirse y se abren nuevas posibilidades. Pero Pedro no tiene ninguna experiencia laboral y es rechazado sistemáticamente en todos los lugares donde busca trabajo y se ve obligado a el único oficio que ha aprendido en las calles; robar automóviles.
No tarde en convertirse en uno de los ladrones más habilidosos en su campo, llegando a convertirse en un delincuente admirado por los aprendices y muy solicitado por los que controlan el negocio. Pero en 1969, cuando tiene 18 años, sus habilidades no evitan que sea apresado y condenado a 7 años de prisión.
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“El momento de la muerte es apasionante, y excitante.

Algún día, cuando esté en libertad, sentiré ese momento de nuevo.

Estaré encantado de volver a matar. Es mi misión “.
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A los dos días de estar encarcelado, Pedro es violado por tres presos mayores que él. Su rabia y su afán de venganza no tardarán en estallar y consiguiéndose un cuchillo degüella, uno tras otro, a sus tres violadores. Sus actos son juzgados como defensa propia y su condena tan solo es aumentada en dos años.
Pero en el interior de Pedro, su acto vengativo ha hecho germinar una semilla oscura de poder. Han desaparecido sus miedos y, a partir de ahora, nadie volverá a abusar de él  sino que él se convertirá en el abusador y cuando quiera algo, simplemente lo cogerá, pese a que para satisfacer sus deseos tenga que acabar con la vida de seres inocentes.
Debido al abuso mental que soportó en las manos de su madre durante sus años tempranos había crecido temeroso de las mujeres. La comunicación social con ellas era impracticable, y satisfacía sus deseos con libros pornográficos y revistas. En la mente de Pedro su madre tenía la culpa de todo el sufrimiento de su vida y dolor de su corazón.
En 1978 sale de prisión y comienza a viajar por todos los rincones de Perú dejando tras de sí un terrible reguero de violaciones y asesinatos.  En pocos meses por lo menos  cien muchachas jóvenes de tribus locales son atacadas violentamente por Pedro Alonso López, que tras asesinarlas, las entierra cuidadosamente.
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“Hay un momento maravilloso, un momento divino cuando tengo las manos alrededor de la garganta de una mujer joven.”
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Las denuncias de las tribus no son tomadas en demasiada consideración por la policía que presume que las jóvenes han sido raptadas por las redes de trata de blancas y esclavismo que proliferan en la región, de este modo Pedro continúa de modo impune su viaje de muerte y sadismo hasta que, en el norte del Perú, es capturado por un grupo de Ayacuchos cuando intenta secuestrar a una joven de la tribu. Los indios lo torturan durante varios días, lo entierran hasta la cabeza y lo untan con miel para que las hormigas acaben con él, pero por suerte para él, aparece  una  misionera americana amiga de la tribu, que  los convence para que lo entreguen a las autoridades. Pedro es atado y depositado en la parte trasera de la furgoneta de la misionera, que se lo lleva para entregarlo a las autoridades, pero ésta se apiada de él sin conocer realmente nada de su pasado y lo libera en la frontera de Colombia.
A caballo entre Ecuador y Colombia, Pedro continúa con sus asesinatos con el mismo modus operandi y sus víctimas, como se supo más tarde, superan ya posiblemente las trescientas. Todas ellas niñas inocentes de entre 8 y 12 años, que Pedro cautiva con pequeños regalos para llevarlas a lugares apartados.
En 1980, una riada en Ambato, cerca de Ecuador, deja al descubierto una de las fosas de Pedro con los restos de cuatro niñas y la policía por fin comienza una investigación.
Al final, Pedro Alonso es apresado cuando intenta raptar a una niña de 12 años en el parking de un supermercado. La madre, María Poveda, da gritos de alerta cuando se percata de lo que está sucediendo y los comerciantes de la zona retienen a Pedro hasta que llega la policía.
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María Poveda junto a su hija

Tras la negación inicial de confesar, y con la ayuda del padre Godino, que había establecido cierta amistad con Pedro en prisión, el ya conocido como Monstruo de los Andes confesará todos sus crímenes con todo lujo de detalles.
Pedro confesó a los investigadores que había asesinado por lo menos a 110 muchachas en Ecuador, 100 en Colombia, y “muchas más de 100″ en Perú.
A mí me caen bien a las muchachas en Ecuador,” dijo, “son más dóciles y más confiadas e inocentes, no son como las muchachas colombianas que sospechan de extraños.
En el curso de sus confesiones, Pedro justificó sus crímenes a su dura vida y a una adolescencia difícil y solitaria.
Perdí mi inocencia a la edad de ocho años” explicó, “así que decidí hacer lo mismo a tantas muchachas jóvenes como pudiera.”
Cuando se le preguntó que hacía con estas víctimas, Pedro explicó que primero violaba a su víctima, y entonces la estrangulaba mientras miraba fijamente sus ojos. Quería tocar el placer más profundo y de la excitación sexual más profunda antes que su vida se marchitara. Siguió declarando que el horror continuaría aun después de su muerte.
Pedro llevó a la policía hasta los lugares donde había enterrado a sus víctimas, en una de ellas se descubrieron 53 cadáveres de niñas. De este modo, recorrieron más de 28 fosas. En algunas de ellas no se encontró nada, pero se atribuyó la desaparición de los restos a las riadas o a la acción de las alimañas.
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No todos los asesinatos se pudieron probar, pero como confesó el director de asuntos de la prisión, Vencedor Lascano: “Si alguien confiesa ser autor de cientos de asesinatos y se encuentran más de 57 cadáveres, debemos creer lo que dice.” Lascano también le dijo a ese periodista, “pienso que su estimación de 300 es muy baja.”
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En 1980, Pedro Alonso López es condenado por sus múltiples asesinatos a pasar el resto de su vida en la cárcel. Aunque esto no sucedió; en 1999 obtuvo la condicional de la cárcel de Ecuador y aunque le hubieran tenido que reclamar para juzgarle, Colombia y Perú no lo hicieron por falta de medios. Desde entonces se halla en paradero desconocido, aunque se sospecha que pudo haber sido asesinado por un cazarrecompensas o algún familiar de sus numerosísimas víctimas, pese a que todavía, de vez en cuando llegan reportes de gente que asegura haber visto al monstruo de los Andes en las montañas de Ecuador o Colombia. Desde que fue encarcelado, los familiares de las víctimas ofrecieron una recompensa de 25000$ a quien acabara con él, ya fuese dentro de la prisión o fuera. No se sabe que nadie haya cobrado a día de hoy dicha recompensa…
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Otra vez y de nuevo nos encontramos ante un vínculo común de tantos y tantos asesinos en serie. Una infancia traumática en una familia desestructurada y una serie de abusos, tanto físicos como psicológicos en sus primeros años de vida. Y de nuevo, la misma pregunta ¿Es esto suficiente para disculpar sus posteriores actos psicópatas?
En el caso de Pedro Alonso López, habría que recordar que tuvo 12 hermanos más que crecieron en sus mismas condiciones, y ninguno de ellos fue a posteriori asesino en serie como él.
Fuente: http://tejiendoelmundo.wordpress.com


Combustiones humanas espontáneas.


El mundo del misterio es tan amplio, variado y sorprendente que de no ser por el frío documento que generalmente da fe de los hechos, es comprensible que en determinadas ocasiones los sucesos sean considerados argumentos más propios de una novela de ficción que de casos reales…







5 de diciembre de 1966. Coudersport, Pennsylvania. El doctor Irving Bentley era respetado por su vecindad. Hombre de pocas palabras, rictus serio y conversación amena, gozaba del privilegio de contar con muchos y buenos amigos. Nadie hubiera deseado daño alguno para el viejo médico. Al menos nadie conocido…
La calle bullía de vida. El Sol derretía levemente los finos copos de nieve caídos durante la madrugada. Eran tiempos de bonanza económica, una circunstancia que agradecían los comerciantes de la pequeña localidad, que veían entusiasmados como sus establecimientos se llenaban de posibles compradores. No en vano la Navidad estaba cercana, y los adornos multicolores, abetos y regalos desaparecían de las tiendas a un ritmo inusual.
Don Gosnell aceleró el paso. El joven había ingresado meses atrás en la compañía de gas de la ciudad y deseaba causar una buena impresión a sus superiores. Además, si finalizaba la tarea con rapidez aún tendría tiempo para realizar alguna compra que otra.
“Maldita sea, como pesa la condenada”. La bolsa que permanecía asida a su hombro comenzaba a causarle demasiadas molestias. Dichas eventualidades se disiparon al torcer la esquina. Allí estaba la vieja y enorme casa de piedra, una construcción victoriana de finales del XIX, y a la postre su última visita del día: el hogar del doctor Bentley. Lentamente cogió el pomo de la puerta, empujándolo con fuerza. Un sonido seco recorrió el interior del inmueble, suficientemente fuerte como para que su cliente se diera por aludido. Nadie contestó. Gosnell comenzó a impacientarse. “No hay que dejarse llevar por los nervios”, pensó a la vez que el llamador de plomo golpeaba la superficie de madera. De nuevo no hubo respuesta. En un arrebato de ira, el muchacho desplazó la puerta hacia el interior, mostrando la oscuridad sombría que reinaba en el salón recibidor. “Por Dios, que peste”. Un olor nauseabundo escapó al exterior. El miedo se apoderó del muchacho. La fina capa de humo azulado que invadía el ambiente agudizó los sentidos de éste, temeroso de que se hubiera producido un escape.
Sin embargo el desagradable hedor nada tenía que ver con el gas. Tras recorrer las diferentes estancias de la casa llegó al dormitorio del doctor. “Señor Bentley, ¿está usted ahí?”. El silencio, entrecortado por el tañer de las campanas de la iglesia cercana, más parecía una advertencia de que no continuara indagando. En la habitación la neblina se espesaba más que en cualquier otro lugar. Con cautela anduvo despacio y penetró en el cuarto de baño. El suelo estaba abierto. Las tuberías habían quedado al descubierto tras ser atacadas por un agresivo incendio. Que extraño; el foco del mismo no se adivinaba por ningún lado. ¿Qué había provocado las llamas? La respuesta no tardó en llegar. En un rincón, casi imperceptible a los ojos del recién llegado, había un montón de cenizas, y junto a éstas, una pierna maltrecha del médico. Inexplicablemente sucumbió ante un fuego que únicamente se cebó con su cuerpo, dejando como fiel testimonio de la catástrofe el miembro chamuscado del anciano, una horrible visión que Gosnell jamás pudo olvidar…




CHE, el castigo divino

Castigo divino, enfermedad desconocida o simplemente maldición, de la combustión humana espontánea únicamente se tiene la certeza de que se produce cuándo quiere, pillando desprevenidos a todos los que de un modo u otro son testigos directos del suceso. La situación es como sigue: una persona, como ustedes o como yo, repentinamente comienza a sentir que algo no funciona. En ese momento se produce la combustión del cuerpo, algo similar a una llama de origen desconocido que aparentemente nace en el interior de la víctima, acabando en cuestión de segundos con el infortunado.
¿Es selectivo el fenómeno, o tan sólo “ataca” a personas que poseen determinadas características que los hacen ser propensos a ello? A mediados del siglo XIX, dado que la medicina ortodoxa no aceptaba supersticiones de esta índole, en cierta medida atosigada por una Iglesia que desde la noche de los tiempos ha cuestionado y poco menos que satanizado este tipo de sucesos, recurrió a una explicación tan simple como estúpida: sin lugar a dudas, y si analizábamos los cuerpos acosados por el fuego maldito, es probable que el estudio forense desvelara la rotunda conclusión de que los finados, o eran alcohólicos, o fumadores empedernidos. Para que hablar cuando se daban los dos elementos… Las pruebas sobre cadáveres calcinados eran una constante, y así, en el año 1965, el doctor John Gee, a la sazón médico interno del Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Leeds, dictaminó, tras efectuar sus propias indagaciones, que la ignición de determinadas muestras de tejido adiposo se producía cuando se colocaba una corriente de aire, que en definitiva, propiciaba la expansión del fuego.
Ello sin embargo no explicaba la extrema prontitud con la que ardían los cuerpos, que en ocasiones, observando la posición en la que se hallaban, denotaban que ni tan siquiera habían sido conscientes de su propia muerte. Además, la energía calórica liberada por las víctimas en el instante preciso del incendio jamás hubiera sido alcanzable en circunstancias normales. Es decir, cuando un ser humano, especialmente si éste aún permanece con sus constantes vitales a pleno rendimiento, sufre quemaduras en su anatomía, por muy graves que sean es casi imposible que afecten a órganos internos.
En conclusión: quemar un organismo humano vivo resulta a todas luces hartamente complicado, y mucho menos si estamos hablando de que la combustión se produce en pocos segundos. Sirva como ejemplo ilustrativo la tesis mantenida por el doctor Wilton Krogman, antropólogo forense de la universidad norteamericana del estado de Pennsylvania y gran estudioso de la CHE, quien asegura que sus trabajos sobre el polémico asunto le han llevado a analizar los cuerpos consumidos por las llamas en crematorios, determinando que para que ésto suceda es necesaria una fuente de calor superior a los ¡mil grados centígrados!, y aún así, los huesos no padecerían los efectos devastadores del fuego.

El cristal se derrite

Uno de los casos más representativos tuvo lugar en la localidad francesa de Arcis-sur-Aude, en el caluroso mes de junio de 1971. Un vecino de la localidad, León Eveille, fue hallado muerto, cruelmente incinerado en el interior de su vehículo. Sus articulaciones, o lo que quedaba de ellas, no estaban agarrotadas. No en vano, si hubo algo que sorprendió a los agentes de la ley tras levantar el cadáver es que éste no parecía haber sufrido daño alguno, más bien era como si la muerte le hubiera sorprendido en mitad de un plácido sueño. La combustión llegó a tal punto que los cristales del coche se derritieron. Es importante destacar este punto ya que para que el vidrio pase de su estado habitual a líquido, al menos debe de estar bajo la acción intensa de más de un millar de grados centígrados.
Pese a las evidencias, la ciencia, en especial hace algo más de un siglo se negaba a ser partícipe de algo que consideraban formaba parte de la creencia, siendo imposible aplicar sobre el asunto el tan manido método científico, tal y como lo conocemos desde el siglo XVI.
Uno de estos sabios eruditos que con mayor fruición atacó a los defensores –pocos, todo hay que decirlo– de la CHE fue el célebre químico Justus von Liebig, quien justificaba los extraños casos afirmando que se debían a la mente calenturienta de personas ignorantes, que a expensas de dar con una desconocida explicación física, preferían incluir el tema entre los márgenes de un universo paranatural y ficticio.
El intento por aportar conclusiones relativamente convincentes llevó a algunos científicos a promover la idea de que la causa de dichas combustiones podría tener su génesis en un misterioso gas que se formaba en el interior del cuerpo, y que una vez entraba en contacto con el oxígeno, generaba tal cantidad de calor que provocaba la ignición. En el libro Medicina forense y toxicología, editado en 1914 y escrito por los doctores Mann y Brend, se pretendía argumentar la existencia de dicho elemento, aportando casos y testimonios similares en los que la acción de esta sustancia acababa con la vida de seres humanos, que fallecían carbonizados. El componente común de algunos sucesos era sorprendente: los cuerpos aparecían hinchados, y al horadar con finas agujas las partes más inflamadas se liberaba un gas que al contacto con el oxígeno gestaba pequeñas llamas de tonos azulados. La hipótesis era atractiva, pero carente de elementos que avalaran su definitiva aceptación. La mente implacable de Liebig rondaba cualquier nueva teoría, y en este particular no iba a hacer una excepción. Por consiguiente, lo primero que tenían que demostrar era la existencia del agresivo gas, cosa que jamás ocurrió.

La formación de fosfágenos en el tejido muscular también fue esgrimida por los idealistas defensores del macabro fenómeno. Si esta acumulación se producía en la endodermis en cantidades desorbitadas, podría causar una combustión instantánea, siempre y cuando el tejido subcutáneo entrara en contacto con una fuente de calor lo suficientemente importante como para provocar la ignición. En definitiva estaban peleando contra molinos de viento; las combustiones espontáneas continuaban y cada vez era más difícil hallar una explicación, especialmente para los fenómenos concomitantes que se derivaban de las mismas.
Un último ejemplo. En el año 1905 el diario Hull Daily Mail abrió su portada con la muerte de la anciana señora Elisabeth Clark, que por aquellas fechas se encontraba ingresada en el Hospital Hull. De sus compañeros de estancia tan sólo la separaba un viejo biombo, pero nadie se percató de lo sucedido. No hubo lamentos, ni movimiento de la enferma, ni tan siquiera las blancas sábanas ardieron. La infeliz mujer, víctima de un gran shock, desconcertada, no supo explicar a los médicos lo ocurrido, falleciendo días más tarde.
No es mi intención la de relatar innumerables sucesos de CHE ocurridos en los últimos doscientos años. Sería demasiado fácil, y demasiado morboso. Baste reflejar que boletines del prestigio del British Medical Journal dedicaron tiempo y elevadas sumas económicas para compilar, estudiar y explicar los aspectos más ignotos de los enigmáticos fallecimientos.
La única conclusión que podemos sacar al respecto es que nuestro propio organismo en contadas ocasiones se enfrenta a nosotros, acabando con “su” propia existencia. No hay pruebas, ni rastros de combustible, ni causas aparentes… Absolutamente nada. Y es que una vez más nos hemos de rendir ante la evidencia de que el cuerpo humano es el mayor enigma al que cada día nos enfrentamos…

Fuente: http://tejiendoelmundo.wordpress.com




viernes, 19 de julio de 2013

Las victimas de Marinesko.

“Por la madre Rusia”, “Por Stalin” y “Por el pueblo soviético” ellas eran las frases que sirvieron como sentencia de muerte a casi 10.000 almas  una fría noche de enero en aguas del Báltico.
Cuando se habla de accidentes marítimos inmediatamente todos los recuerdos se vuelcan hacia el Titanic como sinónimo de desastre, pero no es sino la publicidad que los medios dieron al accidente y la clase social de la gran mayoria de los pasajeros lo que le dieron mayor magnitud a la tragedia que aunque no deja de ser terrible, no es sino un poco más de la décima parte de lo que le sucedió a los pasajeros del Wilhelm Gustloff.
El marco, la segunda guerra mundial, los protagonistas 10.582 almas que buscaban a toda costa huir de los rusos, el escenario un buque que  tenía 208,5 m de eslora y 23,5 m de manga, desplazaba 25.484 tn y que contaba con una tripulación de 420 oficiales y marineros y podía transportar a 1.465 pasajeros de una sola clase con una velocidad de 15,5 nudos; tomo su nombre en honor a un líder nacionalsocialista suizo asesinado en 1936.



Cuando eran las 12:30 del 30 de enero de 1945, aquel que en sus comienzos  fuera un crucero no muy lujoso pasando a ser buque hospital y militar en este momento, no era otra cosa que la última oportunidad de vida que tenían miles de personas, en gran medida niños, para poder sobrevivir. Es así como parte con un registro oficial muy por debajo de la cantidad de personas que a la fuerza y a escondidas logró subir a bordo del barco.
Son las 21:08 y el destino ha querido que aquellas pobres almas ansiosas de libertad se crucen en el camino del capitan  Alexander Marinesko, un ser ansioso de reconocimientos que puedan cubrir los escándalos que rodeaban su vida en tierra y que amenazaban la carrera de aquel que en el mar era intachable y que además traía consigo la mentalidad de la gran mayoria de los soldados rusos “aniquilen a la bestia fascista de una vez por todas en su guarida. ” ¡Usen la fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas! ¡ Tómenlas como su botín de guerra! ¡A medida que avancen, maten, nobles soldados del ejército rojo!” en el colmo de los absurdos viajaba a bordo de un submarino de fabricación alemana que gracias al tratado de Versalles Alemania no podia mantener en su flota, lo que probablemente hubiese hecho la historia diferente.
En medio de esta oscura noche cuando la temperatura no sobrepasaba los 10 grados bajo cero, este coloso viajaba llevando consigo sueños, personas que literalmente se congelaban en cubierta, y una cantidad de botes salvavidas que no superaban los 20 y prácticamente sin escolta; es en este momento cuando el mundo de estos seres se quiebra, el capitán Marinesko alcanza a divisar la silueta del barco y sentencia de muerte a quienes allí viajaban. Entonces dispara los tres torpedos; el primero hizo blanco en la proa debajo de la línea de flotación, el segundo en la sección media a la altura de la piscina, matando a casi todas las auxiliares de marina, y el tercero a mitad del buque por delante de la sala de máquinas. En pocos minutos el castillo de proa se encontraba casi bajo las aguas.





La escena que antes no era tranquila pero por lo menos llevadera para los protagonistas de repente se ha convertido en “salva tu vida como puedas” , todos hombres, mujeres, niños y ancianos intentan subirse a los pocos botes, otros intentan sacar por lo menos a sus familias. Viendo como todo esfuerzo es insuficiente muchas familias se lanzan a las heladas aguas, buscando morir más rápidamente otros disparan a sus familias antes de dispararse a si mismos. Cada uno busca la forma de evitar tan horrible destino, solo se necesitan 50 minutos para que el gigantesco barco se hunda llevando consigo a 9.343  personas quienes además de perderse en el mar se perdieron en la memoria del mundo gracias a toda una campaña que quería mostrar a los alemanes únicamente como los victimarios, cuando si hay algo cierto es que en todo bando siempre hay victimas y victimarios.
Solamente 1.239 personas fueron rescatadas por el heroico y  desinteresado esfuerzo de varios buques alemanes que estaban en las cercanías:  Los torpederos T36 (que tambien escapo milagrosamente de dos torpedos que le fueron disparados), TF19 y  Lowe (rescataron 564, 7 y 472 personas respectivamente); los dragaminas M387, M375 y M341 (a 98, 43 y 37 personas); el vapor Gottingen (28), el carguero Gotland (2) y el Vorporstenboot 1703 rescató a un niño de 1 año de edad.  Posteriormente los rusos intentaron destruir lo que quedaba del barco y así borrar toda prueba del suceso, cosa que no lograron, y hoy día el barco reposa dividido en tres secciones.
 Restos Wilhelmg


Sin embargo, estas no fueron las únicas victimas de aquel declarado enemigo personal de Hittler porque el 9 de Febrero el barco General von Steuben con 2.000 soldados heridos. 320 enfermeras y 30 doctores, mas unos 2.800 civiles apretados en todos sus espacios libres, fueron quienes tuvieron el infortunio de encontrarse con el Capitan  Marinesko, aquel vió el resplandor de las chimeneas de los buques de escolta y comenzo la cacería; unas cuatro horas y media más tarde le disparó dos torpedos. El Steuben se hundio en poco menos de 20 minutos. Fueron rescatados 659 vidas antes que el frío del mar se llevara a los restantes que aun flotaban. En el lapso de 10 días, el Capitan Marinesko habia hundido dos de los barcos de pasajeros mas grandes de Alemania y en el proceso matado mas de 12.000 personas.

                                                                     Von Steubem

Aquellos afectados por su afán de heroísmo, que ni siquiera así logro porque fue degradado y finalmente murió de cáncer , aunque el gobierno de Gorbachov le otorgó medalla póstuma por heroismo (héroe por asesinar,  definitivamente cada quien piensa diferente).





                                                           Conmemoración Marinesko

 






martes, 16 de julio de 2013

UB-65 el submarino maldito

El U-65 era un submarino alemán de la Primera Guerra Mundial, cuya extraña historia se inicia antes de abandonar los astilleros de Brujas, Bélgica. Una viga destinada a la eslora de la cubierta mató a un obrero convirtiéndose en la primera víctima de una cadena de extrañas muertes ocurridas en torno a este submarino. Durante las pruebas iniciales de navegación tres tripulantes murieron asfixiados al llenarse de gases la sala de máquinas.





En pruebas posteriores efectuadas junto a una flotilla de submarinos gemelos, las cuales se iniciaron sin problemas, el capitán ordenó la primera inmersión del UB-65. El mar estaba en calma y había una brisa suave. Antes de sumergirse, el capitán ordenó a un marinero ir a proa a realizar una inspección de las escotillas, esta era una inspección de rutina, pero en vez de efectuar la inspección, inexplicablemente el marinero saltó por la borda siendo atrapado por el remolino del submarino.



En pruebas posteriores efectuadas junto a una flotilla de submarinos gemelos, las cuales se iniciaron sin problemas, el capitán ordenó la primera inmersión del UB-65. El mar estaba en calma y había una brisa suave. Antes de sumergirse, el capitán ordenó a un marinero ir a proa a realizar una inspección de las escotillas, esta era una inspección de rutina, pero en vez de efectuar la inspección, inexplicablemente el marinero saltó por la borda siendo atrapado por el remolino del submarino.

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Una vez iniciada la inmersión, el capitán ordenó estabilizar la nave a los diez metros, extrañamente continuó descendiendo hasta chocar con el fondo del mar, quedando inmóvil. Cerca de doce horas permaneció en esta situación en el fondo del mar, y filtrándose el agua. Nuevamente comenzó a llenarse de gases, pero en ese momento, tan extrañamente como se había hundido, comenzó a moverse y ascendió a la superficie.

Luego de estos extraños sucesos fue enviado a los astilleros para ser revisado en seco. A los pocos días fue declarado apto para el servicio, siendo aprovisionado y armado. Cuando se efectuaba esta maniobra la cabeza de uno de los torpedos estalló, matando al segundo teniente y ocho marineros.

Fue remolcado al dique pero en esos momentos un marinero aseguró haber visto al segundo teniente, muerto en la explosión, de pie en la proa y con los brazos cruzados. Al ser reparado, y antes de iniciar la navegación, otro marinero que deserto aseguró que él también había visto al segundo teniente en el mismo sitio.

Se le ordenó al capitán del UB-65 zarpar con rumbo al estrecho de Dover, durante todo el trayecto varios tripulantes aseguraron ver al oficial muerto. Uno de los testigos fue el oficial de servicio, quien aseguró haber visto su fantasma y cómo éste se desvanecía.

Al regresar a la base, ésta se encontraba bajo un fuerte ataque aéreo, lo cual no afectó a la tripulación ya que lo único que deseaban era abandonar la nave.



En los momentos que el capitán bajaba la pasarela, fue muerto al ser alcanzado por la metralla.
Todas estas muertes, que habían sido acalladas por la marina, motivaron que los altos mandos de la marina imperial, para tranquilidad de los marineros, tomara la decisión de ordenar a un sacerdote que exorcizara el submarino.
Pero al parecer no dio resultado, porque en la siguiente misión del UB-65 un tripulante se suicidó, un artillero se volvió loco y el primer maquinista se quebró una pierna.

El 10 de julio de 1918 el L-2, submarino norteamericano, divisó un submarino alemán navegando a la deriva frente a las costas de Irlanda. El capitán del L-2 ordenó maniobrar para atacarlo. Al mirar por el periscopio notó una extraña figura que permanecía de pie, en la proa de la nave, con los brazos cruzados. A los pocos segundos una enorme explosión destrozó al UB-65.




El Holandes Errante


La historia del Holandés Errante es una de las más famosas y quizá de las más antiguas leyendas del mar, ya que circula desde hace, por lo menos, 400 años. Su origen es incierto y guarda gran similitud con otros mitos que únicamente contienen algunas variantes lo que hace pensar que pueda ser incluso anterior a Cristo. Incluso antes de que inspirase a Wagner su ópera «Der Fliegende Holländer», la leyenda del Holandés Errante era conocida por innumerables generaciones de marinos de todo el mundo. Lejanos antecedentes demuestran que en 1680 un barco holandés que hacía la travesía a las Indias Orientales, mandado por el capitán Hendrik van der Decken, navegaba desde Amsterdam a la colonia de Batavia, en las Indias Orientales holandesas.



Todo pareció ir bien para Van der Decken y su tripulación mientras navegaron hacia el sur por los soleados mares tropicales, pero cerca del cabo de Buena Esperanza un repentino temporal hizo jirones las velas y destrozó el timón. Conforme pasaron los días y las semanas, el barco era zarandeado a la altura del cabo, incapaz de avanzar frente al viento que soplaba en dirección sudeste. Según la leyenda, Van der fiecken se enfureció cada vez más al ver que ninguna de sus habilidades y conocimientos de navegación le servían para bordear el cabo. No hacía otra cosa que proferir juramentos.

Aprovechando el desesperado ánimo de Van der Decken, el diablo le sugirió en sueños que desafiase el intento del Todopoderoso de impedirle bordear el cabo. Ciego de rabia, el capitán holandés profirió el reto:

Frenético lanzó el espantoso juramento, Gritando potentemente sobre el estruendo de la tempestad:

«Desafío al poder de Dios a detener el curso de mi destino y mi resuelta carrera. Ni el mismo diablo despertará mi temor. Aunque tenga que surcar los mares basta el día del juicio».



No se sabe quién citó por primera vez las palabras del capitán. Pero el castigo llegó rápidamente, cuando el Ángel del Señor ordenó que Van der Decken errase para siempre por los mares «hasta que las trompetas de Dios rasgasen los cielos».

El barco acabaría hundiéndose y la tripulación moriría, pero Van der Decken ha de proseguir su vigilia hasta el día del Juicio Final.

Van der Decken y su barco no llegaron nunca a Batavia. Desde 1680 son innumerables las gentes que han visto su barco. Se dice que cualquier buque que aviste al barco fantasma tendrá mala suerte.